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Hace unas cuantas noches tuve un sueño rarísimo, cosa normal por otra parte porque hasta ahora no recuerdo haber tenido ningún sueño que no fuera raro.


Me encontraba en casa, sentado frente a la pantalla del ordenador, procesando imágenes de la última sesión de retratos que había hecho en el estudio.  Estaba enfadado conmigo mismo porque estaba convencido de que no había situado correctamente las luces y la iluminación resultante no conseguía el efecto que yo había ideado. Además, me había equivocado  en la selección de la velocidad de sincronización del obturador de la cámara con los flashes  en algunas tomas y  como consecuencia aparecía una sombra en las esquinas que delataba que la cortinilla había empezado a cerrarse, tenía arreglo, pero no tendría que haber pasado eso, debía haber estado más atento.


En esas estaba, apurando la taza de café que me acababa de preparar, cuando observé una mancha que se repetía en varias imágenes, no parecía una mota de polvo en el sensor o en el objetivo, me acerqué al monitor del ordenador y más bien parecía que fuera una mancha en el propio  monitor. Así que cogí una pequeña gamuza y me envolví el dedo índice con ella, para limpiarla.


Pero al tocarlo, sentí una vibración muy fuerte y una especie de destello que provenía de la propia pantalla, me quedé cegado y como aturdido por un instante,  perdí la conciencia de estar en mi despacho sentado y… cuando salí de ese estado, resultó que me encontraba en el propio estudio de nuevo, haciendo la sesión fotográfica que instantes antes había estado revisando en el ordenador.


La cámara de fotos estaba en el estante donde dejo todo el material fotográfico que voy a utilizar y la modelo estaba sentada frente a mí, esperando a componer la pose que yo le propusiera. Intenté disimular la sorpresa por todo aquello que me ocurría y, como lo más normal, me fui decidido al foco que daba la luz de contra, lo desplacé medio metro más hacia el fondo y el difusor principal lo situé totalmente a la izquierda de la modelo, simulando el efecto de la luz que entrara por una ventana. Le pedí que mirara directamente a ese difusor. Finalmente tomé mi cámara, me fui directamente al control de la velocidad de obturación y lo bajé a 1/160, para compensar, bajé la sensibilidad ISO de 200 a 100.


Observé a la modelo a través del visor de la cámara para tratar de encuadrar, le pedí que esperara un momento a enfocar  y, una vez que la avisé que estaba listo, comencé a disparar al tiempo que ella componía miradas y los flashes disparaban una y otra vez.


No hacía falta revisar las imágenes en el ordenador. Sabía que estaban perfectas de luz, de enfoque, de expresión.  La sensación de felicidad me inundó y le dije a la modelo que por mi parte ya era suficiente. Sabía que tenía el material que había idealizado.


La tarjeta SD de la cámara, que contenía todo el material de la sesión, era mi más preciado tesoro en ese momento.


No recuerdo haber regresado al mundo anterior a haber entrado en el estudio a través del monitor, supongo que sigo viviendo esa realidad paralela. Así que no sé si volveré a tener una segunda oportunidad como aquella.


Lo tendré en cuenta, aunque estoy seguro de correr el riesgo de volver a equivocarme,  por lo que tendré que estar atento a mil detalles que no puedo permitirme que se me escapen.


A fin de cuentas,  la emoción de la inseguridad y de crear algo sorprendente cada vez es lo que me mueve a hacer fotografías cada día.


Imagen: Agar Galea. Adelanto de la sesión fotográfica que realizamos.

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