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Aquellos a los que el Camino nos creó una adicción ya sabemos que en cualquier momento puede llegarnos el ansia por sumergirnos en aquel territorio. Por eso nunca guardamos muy lejos la mochila o las alforjas de la bici. Y, cuando buscando cualquier cosa me topo con ellas, nos miramos con la certeza de que en cualquier momento volveremos a ser compañeros por unos días.
Una etapa del Camino no es un track, no es una ruta ciclista o de senderismo. Una etapa del Camino es un tramo de un río en el que las aguas que nos movemos por él adquirimos sentidos de unidad, llevamos todas un mismo destino y formamos el río. El Camino, como el río, no es sólo la ruta. El Camino, como el río, es el trayecto, con sus curvas y meandros, con sus saltos de agua y sus remansos, pero todos sabemos que sin agua no hay río. Sin peregrinos, no hay Camino.
El sentido de saber que vas a alguna parte, la dirección que te marcan las señales. Y el ritmo, tranquilo, en paz. Todos ellos son signos de que no estás haciendo una ruta: estás haciendo el Camino.
El ritmo del Camino no es otro que el que cada uno se marque, y es el que nos definirá vitalmente y el que terminará por decidir con qué mentalidad haremos cada jornada.
De estos últimos siete días en el Camino, que, si no eran necesarios en un principio, sí terminaron adquiriendo esa cualidad, quiero hacer un boceto de recuerdos, no sólo de vivencias, sino también de sentimientos, como flashes de la memoria,  para cuando esos recuerdos se hayan difuminado en el viento:

Viernes

Llego del trabajo, almuerzo con Mariluz y Francisco

Café, miro reloj nervioso.

Es la hora: foto con Mariluz y la bici.

Bici al coche

Estación tren: bajo la bici y le monto las ruedas. Despedida. Paso control. Espero cola y entro en el tren. Monto la bici en su sitio.

Arrancamos. Medio dormir, medio leer, medio ver paisaje y pensar, y ver a la gente. Se hace largo.

Llegamos a Sevilla. Bajo la  bici. Le monto las alforjas


Salgo por carril bici y llego a Macarena

Llamo a casa Maldonado y subo

Salimos a dar una vuelta y tomar algo.

A la vuelta, cena y rato de charla

Dormir. Pulso acelerado. Nervios

Despierto. Desayuno con Jose María. Recojo todo

Monto bici en el rellano de su casa.

Salgo

Comienza Camino…


LA CUESTA DEL CALVARIO

Hay días que se quedan marcados por un detalle, por un momento, por unos minutos. Por larga que haya sido la jornada, por más vivencias que haya habido a lo largo de la misma, es una imagen concreta la que se queda grabada en la retina. Y la imagen de ese día fue la subida a la Cuesta del Calvario, cuando ya parecía que todo el trabajo del día estaba hecho.

La mañana había comenzado con una sensación de libertad absoluta. La sensación que da el sentirse pedaleando por las calles de una ciudad lejana, percibiendo en la piel el aire fresco de la primera hora del día. Con todo por delante. Con el sentimiento de haber dejado la comodidad, el calor y el amor del hogar, para adentrarme en un mundo que, aunque conocido, no deja nunca de ser extraño. Y mágico.

Cuando llevas horas de pedaleo, de sentirte acoplado en la bicicleta, es cuando encuentras por fin un ancla: la propia bici. Sabes moverte en ese hábitat y ella será tu apoyo. Sólo se trata de avanzar, sin saber si quiera durante cuánto tiempo se avanzará ni qué me encontraré al final de la jornada, detrás de cada loma ascendida.

Y, tras unas horas de complicidad con la montura, te tienes que bajar y echar a andar, porque el Camino ya no te permite mantener el equilibrio. Está muy roto; escalones, piedras... Las alforjas y mi sentido del equilibrio me limitan y no es cuestión de besar el suelo el primer día. No sé cuánto, pero mucho, mucho tiempo descabalgando, sorteando a pie las irregularidades de la senda, volviendo a montar, volviendo a bajar… Hasta que al fin, concluida esa parte en que la bici no es más que un elemento que hay que cargar a veces, por fin aparece el carril abierto… y la carretera, y la entrada en la dehesa, y volver a disfrutar.

Siento la boca seca, seca como la suela de un zapato, y necesito beber más de lo que estoy habituado para quitar esa sensación de baja humedad en el ambiente a la que no estoy acostumbrado. Sólo el vaso de agua fresca que me ofrece la chica del albergue cuando llego sería el que definitivamente me calmara esa sequedad angustiosa.

A poco menos de una hora para llegar al destino propuesto comienzo a adelantar peregrinos que caminan ya agotados por el sol, los saludo con un hola, que prefiero al manido "buen camino".

Miro a mi alrededor y sólo veo encinas y alcornoques, alcornoques y encinas, como el preludio de la vegetación que me acompañará todos estos días.

Y, al final, aquella cuesta. No lo creía, no podía ser, tenía que haber otro camino. Me paré, miré atrás, miré a los lados buscando flechas que me dijeran que no era por ahí... pero era por ahí. Y durante minutos sufrí, el sol se fijó en mí, la bici dejó de ayudarme y pasó a ser una pesada carga en aquella ascensión demencial, y triplicó de pronto su peso; mis pulmones no daban abasto a alimentar a mis músculos. Miraba abajo esperando ver llegar algún peregrino que me pudiera ayuda. Iluso de mí...

Todo terminó unas decenas de metros después cuando, tras atravesar el infierno, aparece de pronto la cresta de la loma, y desde allí la contemplación del pueblo que te espera. El agua, la ducha, la cama en la habitación fresca y espaciosa.

Y el primer día ha concluido.

En este albergue de Almaden de la Plata sólo estamos siete peregrinos. Así que la tarde se presta a la tranquilidad y la charla a ratos. Le ofrezco a una peregrina un par de ibuprofenos y a la vuelta de mi paseo me encuentro sobre mi cama un regalo en forma de ciruelas secas y dulces locales. Bonita forma de comenzar a relacionarse con peregrinos. Aunque soy consciente de que tan sólo voy a coincidir un día con los que van a pie y la amistad va a ser tan efímera como la tarde del albergue. Pero intercambiar sonrisas, palabras y gestos amables durante unas horas rellena la falta de contacto con los míos.

Durante todo el día he sentido que controlaba mis ansiedades, mi inquietud por lo que ha de venir, por lo desconocido. Siento que he cambiado en estas últimas semanas, y que el Camino me lo va a demostrar.

 


CON EL VIENTO A FAVOR



Acepto la compañía de otro ciclista durante toda la jornada. Llevar un compañero no está mal para sentir la seguridad que en los dos primeros días se echa en falta.

Pero la charla o la cercanía de alguien me impide concentrarme plenamente en el momento y en el entorno. Quizás por ello los detalles de este día están más difuminados.

Tras una hora larga de carretera en que apenas se vislumbra el día, porque aún falta un rato para que el sol haga su aparición, de nuevo a la pista de tierra. Se alternan arroyos, vallados, viñas y olivos. Y águilas, a cada paso las águilas. Me ensimisma su vuelo, y el modo en que acechan los nidos de otras especies más pequeñas cuyos padres, valientes, acosan y molestan a la rapaz en su vuelo con el fin de alejarla de su territorio.

Otra vez carretera… y otra vez pista de tierra, en continua alternancia. El otro ciclista, apenas a dos metros de mi bici todo el tiempo.

En Fuente de Cantos parada, bocadillo y refresco y arrancar en busca de Zafra. 

El viento empuja ahora y las piernas se sienten fuertes. Rodar, rodar, rodar, asfalto y Zafra en una hora

Albergue con hospitalera voluntaria que ofrecen su amabilidad y sus deseos de hacer bien la labor. Conversación. Y paseo por un pueblo en día de domingo. No hay prisas en el ambiente, sólo terrazas llenas de gente de domingo.

 


NO PUEDO HACER NADA POR TI



La primera parte de la mañana transita entre viñas y recuerdos de un día que pasé por aquí andando con mis amigos de Sevilla. De Santos de Maimona a Villafranca de los Barros.

La segunda parte es una interminable recta, kilómetros, miles de kilómetros diría yo. Ni un árbol que ofrezca cobijo, sólo profundos baches en el suelo que hay que esquivar para que no se descuelguen las alforjas.

Y velocidad, mucha velocidad en la pista de grava y tierra. No hay más sombra que la que alguna amable nube quiera brindar a la tierra de cuando en cuando. Las piernas y el cuerpo no me dicen otra cosas que hay que salir de ahí.

Adelanto peregrinos a pie a los que saludo con un cierto sentimiento de culpa. Ellos sufriendo todo el castigo del Camino, el paso del desierto, y yo avanzando a un ritmo distinto. Hoy no me siento peregrino. Me siento un impostor que no tendría derecho a considerarse peregrino. Tengo una ventaja, y no hay derecho. Cuando les saludo, mi tono no es alegre, sino de culpa, como tratando de decirles: “lo siento, no puedo hacer nada para mitigar la carga que llevas hoy. No puedo acercar tu horizonte inalcanzable, no puedo llevarte en mi vuelo”

En Mérida todo es amabilidad, en la gente que nos indica la dirección correcta, en la gente que se ofrece a tomar la cámara y hacerme la foto obligada. No obstante, pienso que la visita turística tendré que dejarla para otro momento. Ahora estoy en el Camino y sólo busco paz y soledad.

Aljucén es un punto en un océano de calor, así que la habitación y la ducha del albergue son joyas de incalculable valor. Llego hasta allí con el ciclista con el que he vuelto a coincidir llegando a Mérida. No hay nadie, pero en poco rato se va llenando de peregrinos a pie y a primeras horas de la tarde ya está todo lleno en aquella casona que hace unas horas parecía un lugar abandonado.

Curiosamente allí no hay nadie para recibirnos, pero sí aparece a media tarde para cobrarnos la estancia. Un peregrino francés, maestro jubilado, no puede entender que los pocos libros que se ofrecen en ese refugio estén encerrados bajo llave. “Se los llevan los peregrinos” responde la mujer que nos cobra. Pero el maestro no puede dejar de enfurecerse. La mujer que nos cobra tiene las llaves de la iglesia del pueblo, así que se ofrece a abrirnosla y describirnos un poco su interior. Allí dentro se está fresquito y el sitio se presta al recogimiento, por lo que en lugar de oir sus explicaciones prefiero sentarme en un banco y concentrarme en mi respiración y en el momento presente.

La cena es en la plaza del pueblo con el menú del único bar que hace su agosto en estos días. Allí coincidimos con otros tres ciclistas que ya habíamos visto el día anterior y cenamos juntos.

 



TOMÁNDOLO CON CALMA



Hay días que decides o, mejor dicho, te reafirmas en que el Camino es el que marcan las flechas, no el que nos pueda ofrecer el asfalto, aunque vaya en la misma dirección y sea más rápido. Hay días que decides que no hay prisas, que si estoy aquí es para transitar, no para llegar a destinos que de nada me sirven si no he aprovechado el trayecto, si no he obtenido el placer de las sendas, del campo, del trino de los pájaros y de todo lo que la ruta solitaria me ofrece.

Mi visita por Alcuéscar me dice que tomé buena decisión quedándome el día anterior en Aljucen.

El paso por un puente romano y un tramo de pista a la sombra de eucaliptos me hacen disfrutar de la mañana.


Pero poco después de Alcuéscar, pierdo de vista las señales del Camino y de repente me veo en el asfalto y sin flechas amarillas a la vista. Aunque sé que voy en la dirección correcta y avanzo a buen ritmo, no era asfalto  lo que pretendía para hoy.

De esa forma, sin nada reseñable, llego a Cáceres. Me planteo dar por finiquitada la jornada allí, pero el tráfico, los turistas, el bullicio, el ambiente de ciudad, me dicen que hay que evitar todo eso. Recargo agua y salgo a escape, en dirección al siguiente pueblo, con fuerzas renovadas y con el deseo de encontrar algo más acogedor que una ciudad. Algún sitio donde poder charlar con gente y no limitarme a cruzarme con ella.

El albergue, en el centro del pueblo, con los ruidos que ello conlleva, no es lo más acogedor del mundo precisamente. El aprovechamiento de espacio con las literas es digno de un estudio hecho con escuadra y cartabón. Así que me limito a estar allí lo justo para echar una cabezada después de comer y volver sólo para dormir por la noche.

Parece que al cura párroco del pueblo le ha entusiasmado que un peregrino se dignara asistir a su misa vespertina de beatas, así que para asombro de todos, incluido uno mismo, ha tenido el gesto de saludarme y desearme buen camino antes del "podéis ir en paz".

Un peregrino francés, de apenas dieciséis años nos entretiene la tarde en la plaza del pueblo haciéndonos trucos de magia con una baraja de cartas que lleva. El chaval va acompañado por un peregrino de más edad y algo me hace presumir que está en algún plan de reinserción y usan el Camino para sacarlo de un mal entorno. Magnífica opción.

La mujer que me vende el bocadillo de jamón de la cena me habla de sus visitas a Málaga, de sus días de playa en Torremolinos. Allí añoran los días de playa como yo añoro ahora, que escribo esto, los días de transitar por la dehesa. Las paradojas humanas.

 



CUANDO HAY QUE FIRMAR EL EMPATE



Hay días que vas fuerte y terminas fuerte. Pero hay días que te habías propuesto ganarlo y tienes que terminar firmando el empate.

Cuando tomas la dirección equivocada por un descuido imperdonable, y te haces una dura subida por carretera que no deberías haber hecho… y al final tienes que replegar velas y volver sobre tus pasos con las fuerzas justas y la rabia contenida, es cuando tienes que aceptar que el fin de la jornada será el que marque el destino, y que desesperadamente vas a buscar el cobijo del día en el siguiente pueblo habitado. Cuando tienes que asumirlo, eso es firmar el empate.

Pero esto no es más que una anécdota que en absoluto alterará el recuerdo de los territorios recorridos.

A mitad de la jornada de camino, hay que decidir: el asfalto, enfrente, me llevará fácil y rápido al pueblo marcado como fin de etapa, pero a mi derecha un portón me invita a adentrarme con la bici en el Edén. Un paraíso de prados, arboleda, retamas y jaras, ganado que contempla impasible mi incursión en su territorio. Todo transcurre a ritmo sereno, sin reloj, sin saber qué día es ni dónde estoy; sólo que aquello hay que disfrutarlo justo en ese momento, y avanzar despacito por el carril estrecho que aquel paraíso le ha abierto de forma generosa a mi bici para que pueda transitar. De todo lo demás no me acuerdo. Pero esas horas en esa senda quedará grabada en mi memoria para siempre.

La tarde en un coqueto albergue de sólo ocho plazas, y en un pueblo que tan sólo se despierta para asistir al sepelio de algún lugareño, es tranquila. Calurosa y tranquila.

Del ciclista que me acompañó en los dos días anteriores ya me he librado. Él decidió tomar la carretera y yo aproveché para coger por compañía únicamente a mis pensamientos. Pues para eso es para lo que había venido a hacer este Camino.

 


NO ME ENGAÑES



Las gentes que han encontrado el negocio en esto de los peregrinos quieren extender sus habilidades para hacer dinero hasta el punto de pretender condicionar mi Camino. Le explico al dueño del albergue que quiero ir al día siguiente a Calzada de Béjar, y me avisa que hasta allí hay un puerto de montaña muy duro y largo y que a la hora que lo pasaré hará mucho calor. Mis notas sobre la ruta me dicen otra cosa y finalmente la realidad cuando llego es que ni lo uno ni lo otro, es decir, ni calor ni dureza en la subida. Sus pretensiones de que me quedara en el albergue del pueblo anterior, que pertenece a su “grupo de albergues” no han conseguido que cambiara mis planes, pero me da rabia que alguien  del Camino y que se supone que está para ayudar al peregrino quiera engañarme para favorecer sus intereses económicos.

Día largo, o eso me lo parece, con muchas partes distintas: la dehesa, puertas y más puertas que abrir y cerrar, esta maniobra es complicada cuando no tengo donde apoyar la bici y debo hacer verdaderos malabarismos en ocasiones, a veces me veo peleándome con las puertas, a las que les hablo en ocasiones para que me ayuden, y me causo bastante gracia. En cualquier caso, estas puertas son una entrada a sendas que se dirían creadas para el disfrute del que transita por ellas.

El Arco de Cáparra se me presenta a la salida de una curva y, aunque esperado, no deja de imponer su majestuosidad y el contraste de la obra milenaria en piedra con el entorno natural que le rodea. Imagino el placer de disfrutar de las termas en ese lugar rodeado de la frondosidad del bosque. Ahora son sólo ruinas que te recuerdan la fragilidad de lo humano.

Después, tramo de carretera calurosa y monótona que me va acercando a la sierra de Béjar y a un cambio radical de escenario.

Llegada a Baños de Montemayor ¿Me quedo? Pregunto: Calzada de Béjar, a pesar del puerto, está cercana, y en este pueblo sólo hay pensionistas esperando sus baños termales. Decido huir de aquello.

Calzada de Béjar me recuerda a Herrerías de Valcarce, en el Camino Francés, que está justo antes de la subida al Cebreiro, me lo recuerda muchísimo. El paisaje, en cuestión de un par de horas, ha cambiado de forma radical. Ahora la dehesa ha sido sustituida por el bosque de brezos, robles y castaños. Es, quizás, la señal  que me recuerda que he abandonado Extremadura y he entrado en Castilla.



En el albergue lo cobran todo, pero la familia que lo gestiona son amables. Me siento como en casa, comiendo todos juntos y pasando la tarde en charla de corro a la sombra del chamizo. Comer naranjas al fresco, mientras oigo bromas de los peregrinos que llegaron a pie me hace sentirme a gusto en ese sitio, contemplando el bosque de brezos en la colina frente a la terraza del albergue.

Paseo por las escasas calles de ese pueblo, busco la charla con un matrimonio anciano que encuentro sentados a la puerta de casa, viendo pasar la tarde… y sus días.

Antes de terminar la jornada comparto conversación con uno de los peregrinos, quizás uno de los que menos hablaba. Nos contamos nuestros motivos y nuestros deseos en estos días de Camino.

Las nubes amenazan tormenta y la amenaza se cumple de madrugada; truenos tremendos y fuerte chaparrón que me hacen sentir confortable al abrigo de mi saco en la cama superior de la litera.

 



TRÁMITE



El día empieza con el fresco de la tormenta reciente, pero con la tranquilidad de que las nubes han abandonado el campo de batalla.

Salgo al Camino después de un desayuno en el que me siento el hijo mayor de ese matrimonio, me preguntan si quiero más leche, más pan… Tratan de agradar y me siento cómodo con esa cercanía en el trato.

Salgo el último, tranquilo, sin prisas. Sé que es el último día y no siento urgencia por llegar a una Salamanca que ya conozco y que es sólo un trámite antes de volver a casa.

Voy saludando uno a uno a todos los peregrinos a los que voy adelantando. Son todos aquellos con los que he compartido albergue esta noche, los paso despacito, sin querer molestar su caminar mañanero. Los saludo y me despido, como si esa despedida fuera ya mi despedida del Camino, por ahora.
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En el último amanecer en el Camino, las nubes me regalan una foto. La dehesa aparece de nuevo y  se mantiene cercana a ratos, mientras transcurro entre dos cercas que me marcan el camino durante kilómetros.

Después, todo es un trámite. Llegar es lo único que tengo en mente ahora. Llegar al destino de hoy, pero también llegar a casa.

Sólo un puerto de montaña me separa de la larga recta que me conduce, casi sin distracción, a mi Santiago provisional.

El ritmo con la bici es rápido, carretera local en obras por donde no circula ningún vehículo y que mis piernas devoran derrochando la energía que sé que ya no voy a necesitar mañana.

Y al fin aparece la ciudad al fondo.

El Camino, a partir de ese momento, es ya recuerdo.

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