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La juventud es la época de nuestras vidas en la que adoptamos nuestras creencias, nuestros ideales, nuestra forma de entender la vida en común.


En un momento dado, decidimos ser de izquierdas, de derechas, o no ser de nadie, ni de nada.


Toda la formación de nuestros padres, de nuestro colegio, de nuestro entorno, corre el riesgo de dar un giro con sólo una lectura, un discurso, una charla… una canción.



¿Qué es lo que hace que ese mensaje penetre a través de nuestros poros y se convierta en nuestra seña de identidad, en nuestra bandera, para el resto, quizás, de nuestra vida?


Yo creo que es la forma, a veces, lo que nos deja convencer.


Un poema, una canción, una forma de expresarse, que nos cautiva.


Una lectura que nos atrapa y creemos ciegamente en la teoría que ahí se expone, no porque hayamos probado científica o empíricamente su rigor. Simplemente nos gusta cómo se escribió.


Serrat, Bob Dylan, Pablo Milanés, Julián Marías, Quevedo o Luis Garcia Berlanga han forjado, seguro, más ideales políticos en mi generación que Kant, Descartes o Karl Marx.


Quién sabe, en el fondo quizás todos tengamos las mismas creencias, el mismo amor por las personas, por la justicia y  por la alegría de vivir.


Sólo que a unos les ha atrapado una música o un poema diferente que al que haya hecho pensar en la vida a otros.


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